Natuka Honrubia

Fragilidad en la arquitectura de lo humano
Juan Lagardera

Natuka Honrubia tiene 24 años. No ha expuesto jamás de forma individual, No vio la colosal muestra dedicada a Fausto Melotti por el IVAM y, desde luego, no pertenece a esa generación de artistas formados en la facultad de Bellas Artes que peroran sin desmayo sobre su obra y sus influencias.

Hasta la fecha, Natuka Honrubia ha subsistido al ninguneo artístico ganando algún que otro premio. A mí me llamó la atención, precisamente, la pieza que le seleccionó Bancaixa, y varios meses después visité su estudio. Natuka apenas comunica verbalmente: “no sé escribir, ‘y aunque me gusta mucho dibujar soy incapaz de bocetar mis obras -me dijo-, por eso necesito hacer esculturas”.

Así que apenas si pudo explicarme nada en términos historiográficos o deconstructivos sobre su obra. En cambio, me encontré con una joven artista de una sensibilidad extrema, frágil y agazapada, que se defiende de su vulnerabilidad sentimental produciendo obras tridimensionales.

Ya no se lleva nada, pero Natuka no me hablaba de las connotaciones plásticas de cada una de sus piezas, sino que desvelaba las razones emotivas que le habían empujado a ellas: el miedo a la muerte, la desaparición de un ser querido, la incomunicación, la infancia como tristeza, el desgarrador aprendizaje...

Una vena trágica que ha empujado a Natuka hacia un estilo de naturaleza simbólica, explicativo, y que por estas y otras razones - esas sí, eminentemente plásticas-, la sitúan en la órbita de los escultores que trabajan recomponiendo las posibilidades que inauguraron artistas como Alberto Giacometti o Germanine Richier.

Con el solitario italiano, Natuka comparte esa visión dramática, que se acentúa en la vocación manierista de estilizar las formas hasta su deformación, de una manera más distante y fría en nuestra joven.

Hay una obra de Giacometti (Mujer en el carro), que recuerda de manera concreta las soluciones de las piezas que aquí presentamos. Y lo mismo ocurre con El agua, de Richier, cuyos expresivos pies evocan formalmente los mismos que en Natuka.

Esa frialdad de la que hablábamos es más evidente en otras obras de Natuka Honrubia que permanecen, de momento, en su estudio. Es una frialdad aparente, tomada de su veneración por Susana Solano, y que esconden en cambio un mundo turbulento de sufrimientos y simbologías despiadadas (féretros cargados de objetos cotidianos, carros que transportan monolitos con imágenes grabadas de la triste memoria...).

Pero es precisamente cuando abandona ese registro en favor de soluciones no tan acabadas, más irregulares (que la emparentan también con Rebecca Horn) y, sobre todo, más delicadas, cuando Natuka Honrubia desploma todas nuestras defensas y transita por nuestras emociones.

Es ahí cuando resuenan las claves del antes citado Melloti, del que Natuka, sin saberlo, retoma ese tratamiento primigenio y estilizado del metal para componer formas surrealizantes, que evocan sensaciones de una enorme carga emocional.

Dos piezas que se presentan en Alfafar, llenas de misterio, a la vez totémicas y débiles, donde la fisicidad humana ya sea evidente como en los pies o evocada a través de un minimalista colchón, se incrusta en un todo indivisible con las arquitecturas humanizadas, como úteros, construidas con una fragilidad conmovedora, paradas o simulando movimiento o haciéndolo imposible como en esas ruedas, de uno de cuyos ejes se encamina en dirección opuesta.

Un mundo propio, en definitiva, minado de sugerencias, de una sensibilidad extrema y que explora viejos caminos de la escultura moderna en una fecunda labor de reescritura que, de alguna manera, está marcando firmemente el arte de los 80 y 90 frente a la feria de las novedades que angustiosamente se ha tratado de consolidar en la plástica contemporánea.