Zona de Tránsito
Marina Pastor
Ese espacio no es ningún espacio, ese lugar no es ningún lugar. Es la raya de los mapas, la tierra de nadie entre dos fronteras, el sitio donde no hay policías ni estaciones, porque las obras de Natuka Honrubia nos vuelven hacia dentro de nosotros mismos, te hablan a ti de ti y a mí de mí, pero en lo que tenemos en común, nos citan; nos emplazan hacia el futuro, demorando ese encuentro entres nuestros dos “yo” (el del mío con el mío, el del tuyo con el tuyo, el del tuyo con el mío), evidenciando el hiato. Pero también nos citan en un segundo sentido, comentando nuestra propia vida, nuestra condición como seres humanos volcados hacia el instante irremisible, porque nos hablan de nuestra muerte, son sus siluetas, fantasmas de la invalidez permanente como condición existencial.
Para ello, Natuka usa referentes narrativos: sillas de ruedas curiosamente inestables, casi efímeras, casi al borde de la caída, escaleras, camillas-hombre, barandillas, pero también elementos antropomórficos que, fragmentados, se integran en los objetos para formar parte de ellos, pies, manos..., los constituyen para hacer físico un estado transicional, un estado que no es ningún estado, sino una “pre-posición”, (“entre”); como condición permanente hecha palpable gracias a una poética irónica, que hace de los materiales el inverso de ellos mismos: el hierro hecho alambre, la solidez que nos habla de la fragilidad de la existencia, el plomo que nos remite a una ascensión, la dureza acolchada del lugar del amor atravesado por la muerte. Significantes y significados se intercambian troncando sus propiedades para reflejar el contraste entre lo trascendente y lo puramente mundano, entre la anécdota y la profundidad.
Así, la obra de Natuka coagula la vida, el tiempo, para lanzarnos a la búsqueda de un sentido, del sentido que atraviesa nuestra vida, del sentido que nos impulsa, cada día, hacia a la muerte, sentido que obtenemos en ese instante final, en el que ya no podemos proyectar más que aquello que seremos, en el que somos lo ya sido, que nos constituye, cerrado, completo; pero también en el que dejamos de ser, y tal vez, lo más conseguido, lo que mejor ha conseguido Natuka sea eludir el terror, cambiarlo por la intimidad, para hacernos afrontar ese momento, danzar con el miedo a morir con el estribillo de la dignidad que se pone en juego, con la dignidad de un final que puede integrarse en la línea de ese decurso vital, en las líneas del tejido de sus obras. La muerte no es guadaña, sino su inversión, una coma, que como el estado del mismo nombre, se enfatiza como una zona intertextual, una detención en el texto, sonrisa ladeada desde la que saltar poéticamente al otro lado, lugar para el olvido tanto como para el recuerdo, porque también nos habla de ambos, se encuentran fundidos en las superficies, atrapados entre las jaulas de alambre, acunados en la poética de los objetos cotidianos, objetos que parecen haber jalonado alguna vida, que nos esperan allí, en el fondo de uno mismo, en ese lugar de una anarquía rememorativa y senil en el que dejan de ser recuerdos de uno mismo para convertirse en un “no me olvides” para constituirse como el testamento, como el legado momentáneo que nadie se lleva, como si pudiésemos quedar atrapados de algún modo en sus entresijos, objetos preñados de tiempo vital desde los cuales podremos vivir en los demás para desde alguna demencia, saltarse los hilos del tiempo y habitar ese momento en el que la muerte no es deseable, no porque se desee vivir, sino porque todo se hace presente menos un mismo.
Anticipaciones del futuro, las piezas de Natuka usan predominantemente el recurso de la verticalidad, no sólo para hablarnos de lo inestable, cuando lo inestable somos nosotros, sino para transmitir esa tensión hacia al espacio abierto, hacia una representación ascensional de la vida. Con ello, sus obras son líneas transicionales, lugares metafóricos en el sentido etimológico de la palabra (“meta-fore”, llevar más allá…), son puntos o constelaciones en las que leer un futuro tan incierto como seguro (todos vamos a morir, esa es la condición ineludible de la vida), y en la verticalidad se refleja una segunda tensión, la de la asepsia hospitalaria, la del pasillo blanco, la de la bata blanca, la de la cama blanca..., alegorías en las que la intimidad del acto más íntimo, porque no hay acción más íntima que la muerte, es anulada de manera anónima y absoluta, porque la gran ironía es la acotación de esos espacios sin color de la muerte que negamos vistiendo de negro, como si apresándola pudiéramos no morir, como si encerrándola otros pudieran solucionar, sin implicaciones personales, el trasfondo que a todos nos habita.
Natuka, con la claridad de un lenguaje que, sin embargo, no es evidente, construye desde la poética de la levedad, la narración de un relato que todos conocemos, pero que no nos sabemos ninguno. Su obra está tramada de una geografía tan terráquea como celestial, abismo de la ascensión con alas de plomo que realizan sus piezas, hilos espaciales de hierro o acero, camillas de carne, barandillas para apoyar una intimidad inestable, piezas que constituyen la conciencia de ese espacio que no es ningún espacio, ese lugar que no es ningún lugar. Es la raya de los mapas, la tierra de nadie entre dos fronteras, el sitio donde no hay policías ni estaciones, la concavidad interrogativa del último porqué, porque...
- PASTOR, Marina: Zona de Trànsit / Zona de Tránsito / Transit Zone, en Devenir, Espai d’Art A. Lambert, Xàbia (Alicante), 1996. D.L.: A-675-1996. (Catálogo)